PAGINA VALDENSE

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lunes, 7 de agosto de 2017

Cuidar a quienes cuidan



La frase «cuidar a los que cuidan» está presente en nuestras prácticas diaconales desde que tengo memoria. Y seguramente está desde mucho antes. Claro que sería más justo decir «cuidar a las que cuidan», porque en la gran mayoría de los casos,  son mujeres las que llevan adelante este ministerio. 

Recuerdo que hace años, desde la Comisión Central de Institutos y Obras de Servicio (CCIOS),  durante una buena temporadase implementaron una serie de talleres para quienes trabajaban como cuidadoras (y algún cuidador también) en las obras de servicio del Presbiterio Colonia Sur. Se llamaron «talleres de salud integral»,su objetivo era brindar a quienes cuidan algunas herramientas que les permitieran desarrollar mejor su tarea. En definitiva, eso es parte del cuidado al que nos referimos en el título.

Sin embargo, cuidar a quienes cuidan va mucho más allá de lo que puede brindarse a través de capacitaciones específicas. Eso es necesario, claro,  pero no alcanza. Quienes cuidan necesitan apoyo para sostener el cuidado que brindan, para no sentirse agobiados/as. Quienes cuidan necesitan saber que hay hermanos y hermanas en la fe a quienes les importa lo que hacen, que oran por su ministerio y por su salud. 

En Gálatas 5 encontramos uno de los pilares de lo que llamamos diaconía: «sírvanse los unos a los otros por amor. Porque toda la ley se resume en este solo mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo».

 
La diaconía se refiere al acto de curar y reconciliar, vendar heridas y tapar grietas, restaurar la salud, SANAR, o lo que es lo mismo, restaurar la integridad de las partes; y no puede hacerse sólo como servicio: debe hacerse por amor. 


Hay muchísimas personas en nuestras comunidades que dedican el tiempo que disponen al ministerio diaconal, y necesitan ser cuidados/as, a su vez. Porque dedicarse por entero al cuidado de las otras y los otros es una tarea que nos enriquece y que nos llena el alma, pero también es muy desgastante.

Sería importante que pudiéramos salir de la declaración y pasar a la acción. No quedarnos sólo con la frase «cuidar a quienes cuidan», sino poder ponerlo en práctica. Tal vez alguna capacitación en herramientas técnicas o sicológicas que  permitan a nuestros diáconos y diaconisas mantenerse con buena salud. O una pastoral específica para diáconos y diaconisas, que les dé sostén cuando sus fuerzas fallan, que les recuerde que lo que hacen, lo hacen por amor, y es Jesucristo mismo quien les sostiene. La oración personal es un gran recurso, y  su complemento necesario, la intercesión comunitaria. 

En el Presbiterio Colonia Sur este año hemos logrado poner en práctica una vieja idea, algo que ya se hizo antes, aunque tal vez ahora tenga otro contenido. Las directoras y director de las cinco obras de servicio sinodales se reunieron – y decidieron seguir haciéndolo- para escucharse, compartir sus alegrías y sus inquietudes, alentarse, contenerse; en definitiva cuidarse desde un lugar de paridad(no puedo decir ‘igualdad’, porque cada uno de los cinco lugares es diferente y específico, cada persona sirve de una manera única, por eso prefiero hablar de  ‘paridad’.) Lo comparto aquí, no porque piense que es un ejemplo a seguir, sino sólo como algo que se está haciendo, y oro porque prospere. 

Sería deseable que pudiéramos encontrar, en cada lugar y en cada situación, las maneras más adecuadas de sostener este cuidado, las mejores formas de cuidar a quienes cuidan ya que es imprescindible si queremos que esta forma de diaconía sea sustentable en el tiempo. En oración, seguiremos pidiendo al Padre que nos ilumine. 

Milka Charbonnier

Artículo publicado en Página Valdense en la edición de Junio 2017



miércoles, 2 de agosto de 2017

Página Valdense - Edición julio 2017

Rompiendo el corsé:
por reflexiones liberadoras

Notas principales: 
- Movimiento feminista y diálogo con nuestra iglesia- Por Claudia Tron 
- Las teologías feministas en un camino amplio y compartido- Por Marisa Strizzi 
- El feminismo y los varones sensibles- Por Daniel Jones



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lunes, 26 de junio de 2017

Cómo incluir el cuerpo en nuestra espiritualidad cotidiana



La autora de este artículo es maestra en educación inicial y común. 
Es educadora sexual y también estudiante de psicología. Por años fue 
tallerista en el Parque XVII de Febrero en relación a la formación y 
capacitación de líderes aportando miradas vinculadas al cuerpo, 
fue coordinadora del Hogar Estudiantil de la Iglesia Evangélica en 
la ciudad de Montevideo buscando, junto a Javier Pioli, introducir 
perspectivas corporales en la convivencia espiritual desde la fe.

En esta oportunidad, nos comparte su opinión sobre la importancia 
de vivir la espiritualidad, también, a través del cuerpo.



Cuerpos excesivamente expuestos. Cuerpos objetos. Cuerpos desconectados. Cuerpos segmentados por lógicas biológicas, políticas, sociales, sexuales y religiosas. El cuerpo parece haberse convertido en un proyecto por el cual hay que trabajar, por un lado, cuerpos internos que respondan a la felicidad y la elaboración personal; y por otro, cuerpos externos que cumplan con las normas contemporáneas de belleza. Estos cuerpos segmentados responden a una sociedad que se ha desarrollado en función de grandes dualismos, como el bien y el mal, alma y cuerpo, inocencia y culpabilidad, etc. Donde los extremos representan una virtud o la falta de virtud, donde para responder a todas estas normas quedamos atrapados y atrapadas en formas negativas de vida que nos dañan, y nos impulsan a una búsqueda constante de felicidad que nunca alcanzamos, porque en realidad buscamos el ideal de la felicidad.



De nuevo, cuerpos deprimidos, cuerpos enfermos, cuerpos ansiosos y como dice Luis Gonçalvez: «Nos contentamos con poco, nos afectamos con poco, nos aproximamos poco: la vida se va transformando en un régimen afectivo de la indiferencia, del aislamiento y/o de prepotencia urbana, en donde la solidaridad, el apoyo mutuo, las matrices grupales de ser -en- grupo se van perdiendo en un movimiento progresivo de despotencialización del deseo y de alienación social» (Gonçalvez Boggio, 2009).



Ante todo este panorama, creo que es necesario pensar hoy en qué es el cuerpo, y reflexionar en cómo incluirlo en la espiritualidad cotidiana para no quedar atrapados/as en lógicas que dañan, además de poder elucidar aquellos momentos cotidianos en los que nos vemos acorralados/as por mandatos a los que no logramos responder de forma efectiva y feliz. Si logramos derribar la idea fragmentada de cuerpo físico -mente y alma- y podemos pensarlo como ¨encuentro de intensidades¨ y como ¨potencia¨, poseedor del poder de afectar y ser afectado, creo que podríamos encontrarnos con nosotros/as mismos/as y con otros/as. ¿Por qué incluir al otro/a en este encuentro? Porque un cuerpo cuando se encuentra con otro se afecta, y afecta al otro/a, se intensifica o no, se hace más fuerte o más débil. Si logramos encontrarnos con nuestros cuerpos, conectarnos, sentirnos y conocernos, lograremos ser capaces de reconocer cuando algo nos afecta y nos potencia, sabremos ser capaces de reconocer en el otro/a su afección.



El cuerpo habla, aun cuando creemos estar en silencio, nuestro cuerpo expresa mensajes que influyen en otros/as, y los/as afectan; incluso podemos no ser conscientes de esto. Spinoza (filósofo: 1632- 1677) planteaba que se habla mucho de la conciencia y sus leyes, de las mil formas de mover el cuerpo y de sus pasiones, pero ¨no sabemos ni siquiera lo que puede un cuerpo¨. Haciendo referencia al hecho de que la conciencia es un instrumento ciego que no logra discernir las relaciones de composición o descomposición que experimentan los cuerpos. Desde este punto creo en la necesidad de comenzar a conocernos, poder descubrir la relación entre nuestro cuerpo y aquel que nos llena de alegría, que nos compone. Se vuelve fundamental concebir el cuerpo del otro/a como potencia que puede ser afectada y esto implica poder ser capaces de reconocer nuestro lugar en esa afección.



La espiritualidad cotidiana se vuelve un paso de lo individual a lo colectivo, se vuelve una experiencia innovadora que estimula las relaciones de horizontalidad, de igualación y diferencia. Se vuelve colectiva en el momento en que logramos comprender que los cuerpos son ¨flujos de intensidades singulares¨ que se encuentran, que en cada singularidad se expresan las diferencias potenciales de cada ser. Poder lograr un «nosotros»  que promueva relaciones afectivas abiertas a encuentros, donde se conciban las diferencias individuales como potencias, pienso que podrían ser los caminos que apuesten a la transformación emancipatoria del pensamiento, de la vida afectiva, de las condiciones materiales de existencia y podamos salir de las lógicas mencionadas al comienzo de este artículo.

Lejos de agotar este tema propongo el encuentro desde esta mirada, propongo un cuerpo concebido como potencia, capaz de mucho más de lo que somos conscientes y los/as invito A ENCONTRARSE para construir un nosotros/as lleno de singularidades intensivas que crean y emancipan nuestros pensamientos para vivir una vida plena. 



Por Natalia Bertinat Pontet




Bibliografía:

        Deleuze, Gilles (1984). La diferencia entre una ética y una moral. En Deleuze, G.: Spinoza, Filosofía práctica. Tusquets: Barcelona.

        Foucault, M. (1985) Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI, México.

        Gonçalvez, Boggio, L (2009). Cuerpo y subjetividades contemporáneas. Disponible en http//www.academia.edu/11497032/Cuerpo_y_subjetividades_contemporáneas.

        Telles, A. (2009) Parte II. Capítulo II.5- La problematización de lo singular-colectivo (pp. 74-75); Parte II.          Capítulo II.6- Una aproximación a la cuestión de la subjetividad (pp. 76-77). Capítulo III.3- Afirmando el porvenir. (pp. 117-154). En A. Telles Política Afectiva. Apuntes para pensar la vida comunitaria. Paraná, Entre Ríos: Editorial Fundación La Hendija.


Artículo publicado en Página Valdense en la edición de Mayo 2017


Página Valdense - Edición junio 2017

 
 
EN SUS MANOS:
GESTOS DE UNA DIACONÍA QUE NOS TRANSFORMA
 


Notas principales:
- Cuidar a quienes cuidan- Por Milka Charbonnier
- La misión diaconal como gesto de esperanza y reconciliación- Por Yanina Vigna y Alfredo Servetti
- Diaconía y desarrollo sostenible- Por Javier Pioli


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